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Todo fue más claro, con el corazón tranquilo y la mente limpia, me decidí a iniciar un viaje a lo más profundo de mi interior, para asimilar las enseñanzas que recién había adquirido.
Tomé un autobús y me dirigí a una playa y caminé...caminé sin rumbo fijo, recordando los gratos momentos que pasé con ella, el momento en que la conocí, el momento en que me enamoré y el momento en que la perdí.
Los tres grandes momentos de mi relación, pasaron ante mi mente como una película, en donde veía su rostro a veces alegre, triste, pensativo, enojado, cariñoso, lloroso, en fin el rostro de la mujer que amé, amo y amaré.
En esa película pude apreciar, con cierta tristeza, que ella se fue alejando de mí de manera imperceptible; que si bien al principio me prodigaba amor, ternura y comprensión. poquito a poco, ese amor se fue apagando hasta que se volvió costumbre; yo, tonto de mí, en mi egoísmo por ser feliz, no notaba que ella ya no me correspondía de la manera acostumbrada, mas bien, me rechazaba suavemente, se apartaba de mí si intentaba tocarla, volteaba la cara si hacia el intento de darle un beso y siempre buscaba la manera de no estar a solas conmigo; de eso, en mi ingenuidad, le echaba la culpa al exceso de trabajo, al cansancio, en fin, a todo menos a la causa principal de su malestar: ¡yo mismo!.
Que ciego fui y que estúpido.
Y, lejos de culparla, sentí pena por ella, que por su misma pena, no se atrevía a decirme lo que le pasaba, soportándome aún a costa de su gran malestar; debió sentirse muy, pero muy mal infinidad de veces, teniéndome a su lado, pero sin decirme nada para no lastimarme.
Me sentí bien al recordar su sonrisa, su cara, sus labios gruesos, su naricita y esos ojos negros que me gustan; me hizo sonreír, recordar como en infinidad de ocasiones le acariciaba su negro cabello, le daba masajes en los hombros mientras le hablaba de cualquier cosa, cómo después de comer platicábamos en la sobremesa y el sonido de mi voz la adormecía, en fin, pasamos muchos y gratos momentos juntos.
Sentía deseos de llamarla, de preguntarle como se sentía, de pedirle perdón una y mil veces, de gritarle a los cuatro vientos que mi amor por ella es eterno, de implorarle, de suplicarle que me volviera a amar, que volviéramos a intentarlo de nuevo; y otra vez estaba siendo presa del egoísmo, pero esta vez no sería tan fácil caer en la tentación, pues ya lo conocía y recién lo había sacado de mi corazón; y caminé, caminé hasta cansarme, sin rumbo fijo, sin prisas, a paso lento, disfrutando de la brisa marina y el agradable aroma de las flores de abril brotando de los jardines de las casas veraniegas; de la agradable tarde, del sonido del mar, del viento, del barullo de las aves, de la vida dinámica del gran oceano.
Sonó mi teléfono celular; contesté, era ella que preocupada preguntaba como me sentía, le dije que bien; me interesé por su estado de ánimo, un poco triste me dijo que estaba bien, conversamos largo rato y nos despedimos prometiéndonos llamarnos.
Ya muy noche, al llegar a casa, descubrí que la tranquilidad había regresado a mí, me senté frente a mi computadora y comencé a escribir esta pequeña historia; espero que algún día ella lo lea y pueda perdonarme todo el daño que le causé por mi egoísmo.
Prometo ser más cuidadoso y no lastimar a la gente que amo, porque a la larga el lastimado resulto ser yo mismo.
La ciudad se cubrió de nubes grises presagiando tormenta; me encontraba caminando sin rumbo fijo por esas calles de Dios, sumido en mis pensamientos, preguntándome el porqué ella se había enamorado de otro hombre si yo le había prodigado todo: cariño, ternura, comprensión, compañía... amor.
Sentía el alma marchita, el corazón destrozado, mi orgullo pisoteado y unas inmensas ganas de llorar que me estaban quemando el alma y me estaban ahogando sin misericordia.
El llanto no tardó en aparecer; primero en dos tímidas lágrimas escurriendo por mis mejillas; era un llanto tenue, tranquilo, límpido y sereno aunque después de un rato, se convirtió en un llanto amargo, rabioso, furioso.
Llovía, pareciera como si el cielo se hiciera partícipe de mi dolor, de mi desgracia y desesperación; llovía... las gotas resbalaban por mi rostro confundiéndose con mis lágrimas; lágrimas de ira, lágrimas de impotencia, lágrimas de coraje, lágrimas de amor, lágrimas por un cariño perdido, lágrimas por lo que pudo ser y no fue.
La gente corría de un lado a otro buscando refugio; en el apogeo de mi dolor no le di mucha importancia a mi empapado cuerpo, a mis ropas mojadas y a mi desencajado rostro desfigurado por mi llanto.
De pronto, a lo lejos me pareció distinguir a una figura conocida que se cubría con un paraguas, me vio y se dirigió hacia mí, ¡era ella!, se puso frente a mí y abrazándome lloró conmigo, acercando su boquita a mi oído, me dijo con la voz quebrada por el llanto:
— ¿Porqué te empeñas en tenerme a tu lado?, sabes que hace mucho tiempo que lo nuestro no funciona, eres un buen hombre, no quiero verte sufrir por mi causa, te quiero mucho, pero ya no te amo, no sufras por mí, yo solo puedo ser tu amiga, ya no hagas más difícil esto, ya no me hagas sufrir...—
Y desapareció empapada por la lluvia y ...por su llanto.
No supe como llegue a casa, solo sé que desperté; hacía un sol radiante, todo volvía a la vida y comprendí la maravillosa lección que Dios padre, en su infinita misericordia, había grabado con el fuego de mi sufrimiento y mi dolor, en mi atribulada alma: comprendí que a nadie se le puede atar de por vida, que no puedo obligar a nadie a continuar conmigo, que mi egoísmo por ser feliz, estaba haciendo infeliz a la persona que amo; que si de verdad la amo, debería renunciar a ella y dejarla en libertad para que busque su felicidad.
Rápidamente me alisté y fui a su encuentro, ella estaba triste por lo sucedido la noche anterior; al verme, se sonrió.
—Solo vengo a desearte que seas muy feliz, en mí siempre tendrás a un amigo.— le dije, y dándole un beso en la mejilla, me marché.
Estaba triste pero bien conmigo mismo por haber superado mi egoísmo; la mañana seguía su curso, la vida seguía su ritmo y sin volver la vista me perdí entre la muchedumbre. Estaba volviendo a nacer.
Continuará
Mira a los niños mamá
que corren tras la pelota;
¿me compraría una papá?
¡Yo la quiero bién grandota!
¡Que bonito nació el día!,
ideal para pasear
y escuchar la algarabía
de los niños al jugar.
Corren, saltan, brincan, van...
y se notan divertidos;
jugando alegres están
con sus juegos preferidos.
Quiero estar cerca de ellos
y sus risas escuchar
y sentir en mis cabellos
esa brisa matinal.
¿Estás llorando mamá?
¡Saca de tí esa trizteza!
¡Mira a los niños jugar...
ven, contempla esa belleza!.
Sé que cuando estoy solito
muy preocupada te quedas...
¡Vamos aunque sea un ratito!
¡Pónme en mi silla de ruedas.!
FIN
Por poco caigo de bruces,
al irrumpir en el círculo;
vistiendo un traje de luces,
estaba un hombre ridículo.
Pantaloncillo entallado
y una chaquetilla corta;
el cabello bién peinado
terminado en una cola.
Con una muleta roja
me invitaba a embestir,
como queriendo le coja,
cortándole su existir.
Ví la muerte en ese amigo,
jugué su juego con gusto;
quería acabar conmigo,
yo pensaba darle un susto.
Con las gargantas eufóricas
la gente gritaba: ¡Olé!;
me hizo varias verónicas
que bién que las aguanté.
Se me acercó de puntillas
armándose de valor;
me clavó unas banderillas
y me cimbré de dolor.
Furioso por el dolor,
miré como se confiaba;
le gritaban: ¡Matador!,
el público le aclamaba.
La plaza sangre pedía,
no me pude resistir;
si la gente lo quería,
lo tenía que embestir.
Con su espada por delante,
él, se me tiró a matar;
me moví en ese instante
y solo me alcanzó a rozar.
Con mis cuernos en su pecho
yo lo levanté en vilo;
el daño ya estaba hecho;
de su vida corté el hilo.
Le destrocé el corazón
cuando le esquivé la espada;
y el hombrecillo en cuestión,
cuando cayó, muerto estaba.
¿Es que no sangre pedían?;
yo les hice la faena,
pues les dí lo que querían;
revolví Sangre y Arena.
FIN.
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